ARA: aquí siempre pasan cosas. Diseñamos un escenario en movimiento, no una escuela. Aquí la arquitectura actúa: pasan cosas. Rescatamos la mirada del niño que ve lo extraordinario en lo crudo. Ladrillo, contrachapado y azul cobalto son el lienzo para que la acción no se detenga.
El microteatro de la bienvenida (y el diseño que no se esconde). La funcionalidad social era clave. Convertimos la recepción en un microteatro: diseñamos unas gradas de madera perfectas para esperar, ensayar, o simplemente ver la vida pasar.
En “Al buen vino” , la premisa fue diseñar para vivir sin complicaciones. Por eso, el primer gran gesto fue un apeo estructural que permitió convertir la cocina en el centro social. Construimos una isla como nexo, perfecta para cocinar y atender invitados a la vez.
La arquitectura es honesta porque no se viste: deja la estructura de hierro negro a la vista y expone el ladrillo cerámico. Se trata de volver a lo esencial, a los materiales primarios, para que la única magia que opere sea la del talento.
















